La noche oscura y renacimiento de Spinoza

Actualizado: 2 de nov de 2018


Aunque la obra de Baruch Spinoza data del siglo XVII, no fue sino hasta principios del siglo XIX que sus obras fueron masivamente difundidas en Alemania, inspirando a varios filósofos y gente de ciencia de aquel tiempo quienes lo consideraron como el padre del pensamiento moderno.


Desde su temprana infancia y a lo largo de su vida existieron dos constantes que siempre lo acompañaron y estas fueron la pérdida y el tener que adaptarse al cambio.


Como ocurre con varias personas que son atraídas por el sendero de la espiritualidad es muy probable que el propio Spinoza haya vivido en carne propia aquello que se conoce en diversas tradiciones espirituales como la noche oscura del alma.


Se dice comunmente que la noche oscura corresponde a una serie de estados mentales previos al despertar espiritual, en ellos ocurre una gradual purificación donde la persona es confrontada con sus principales temores, experimentando sufrimiento, aislamiento del mundo y llegando finalmente a un sin sentido, un vacío, siendo éste el clímax de la noche oscura. No es necesario planear o moverse mentalmente en alguna dirección pues pareciera que lo único real es la nada.


Tras afrontar esta penumbra total es cuando aparece la luz del amanecer, es en esta etapa en que se experimenta un renacimiento y la persona se llena de fuerza para iniciar una búsqueda espiritual profunda.


Durante su vida fueron 5 tipos de pérdida las que paulatinamente pudieron haber guiado al filósofo hacia su noche oscura.


La pérdida familiar


Durante su infancia y adolescencia, Baruch de Spinoza fue testigo de la muerte sucesiva de su madre Hanna Debora, (cuando él tenía 6 años), así como de dos de sus hermanos, Isaac y Miriam; y finalmente perdió a su padre Miguel y a su madrastra Esther poco antes de cumplir 22 años. Estas pérdidas pudieran explicar en parte su personalidad solitaria.


La pérdida del honor


De familia judía, los padres de Baruch formaron parte de un grupo de exiliados que se establecieron en Ámsterdam huyendo de la Inquisición.


Durante su residencia en Holanda Spinoza simpatizó con otros grupos religiosos diferentes al judaísmo como fueron los menonitas, anabaptistas y cuáqueros. A raíz de dichas influencias se dice que comenzó a distanciarse de su propia comunidad al punto de dejar de contribuir económicamente con ésta. Acusado de cometer pecado (chatah), o bien, de "errar el camino", Baruch fue sancionado con el herem grave que consideraba su expulsión de la comunidad judía, el repudio a cualquier miembro judío que tuviera acercamiento con él y el ser maldecido de día y de noche. Su honor y reconocimiento social habían quedado gravemente heridos.


La pérdida del amor


A partir de su expulsión le quedaba anulada toda posibilidad de relacionarse con mujeres judías, a su vez existía en la región una reglamentación administrativa que prohibía el vínculo matrimonial entre judíos y cristianos, quedando así también descartada esa opción.


Posiblemente Baruch esperó encontrar una excepción en Clara María, hija de su maestro católico. Esto lo revela el testimonio de Zweig, quien refiere que Spinoza se expresaba de ella con gran veneración frente a sus amigos. Se dice que fue incluso Clara quien le enseñó lenguas antiguas como el latín. Esta posibilidad se desvaneció cuando ella prefirió al más apuesto de los condiscípulos.

La pérdida económica


Baruch entró en conflicto también con sus hermanos que le sobrevivían debido a una riña por la herencia del padre, Spinoza queda totalmente distanciado de ellos. Buscando no prolongar esta discusión con sus hermanos Spinoza decide dejar de luchar

por la herencia, teniendo finalmente que recurrir a un trabajo modesto que era el pulido de lentes para instrumentos ópticos.


La pérdida de la salud


Tras un tiempo de trabajar en este oficio Baruch contrajo una enfermedad en los pulmones que lo continuaría lastimando el resto de su vida, ocasionándole finalmente la muerte a los 45 años de edad. Diversos testimonios creen probable que este mal haya sido causado por su propio oficio al aspirar residuos de sílice de los lentes que pulía.


El clímax de la noche oscura


Es así que, seguido de todo tipo de pérdida económica y familiar, despreciado por su comunidad, sin una pareja y hasta con su salud crónicamente mermada inicia su "Tratado de la Reforma del Entendimiento" con la siguiente frase:


"La experiencia me enseñó que cuanto ocurre frecuentemente en la vida ordinaria es vano y fútil; veía que todo lo que para mí era causa u objeto de temor no contenía en sí nada bueno ni malo, fuera del efecto que excitaba en mi alma".


El renacimiento


Con su salud más deteriorada el autor se descubre en una carrera de tiempo contra la muerte y decide usar toda su voluntad para buscar aquella felicidad que sea real y que no le pueda ser arrebatada. En su "Reforma del Conocimiento" el filósofo expresa:


"Veía que estaba expuesto a un peligro extremo, y obligado a buscar, con todas mis fuerzas, un remedio, aunque fuera inseguro, como el enfermo grave que, cuando prevé una muerte segura si no recurre a algún remedio, se ve impelido a buscarlo con todas sus fuerzas, por in‐cierto que sea, pues constituye toda su esperanza".


Bajo esta reflexión y basado en sus propias pérdidas pasadas va descartando como bienes absolutos a la riqueza, al honor y al placer sensual. Llega incluso a la conclusión de que la devoción a estos "falsos bienes" podría incluso poner en riesgo nuestra propia vida, truncando así esta búsqueda. Tal era el caso de las personas adormiladas y finalmente fallecidas por sus excesos, en otros casos gente que era despojada e incluso asesinada por sus riquezas, o bien, otros sufriendo gravemente por la pérdida del honor y del reconocimiento.


Tras estudiar los primeros tres falsos bienes procede a analizar el amor. Descarta rápidamente el amor a cosas u otras personas como bien absoluto, causando estos siempre tristeza, temor, o incluso envidia cuando se nos arrebatan. Durante su despertar poco a poco Spinoza va intuyendo aquello que en su concepción sería el único bien verdadero hasta que éste finalmente se establece de manera permanente en su mente:


"Un solo punto era claro: mientras mi espíritu estaba entregado a tales meditaciones, se apartaba de las cosas perecederas y seriamente pensaba en la institución de una vida nueva. Esto fue para mí gran consuelo, pues vi que el mal no era de naturaleza irremediable. Aunque esos intervalos fueron al principio raros y de breve duración, a medida que conocí cada vez más el verdadero bien, se hicieron más frecuentes y prolongados"


Finalmente, Baruch decide no renunciar del todo a estos demonios o falsos bienes, sino más bien manteniéndolos a raya, controlándolos y usándolos como medio para la búsqueda del bien eterno:


"sobre todo cuando observé que el atesorar, el placer y la gloria sólo son perjudiciales en tanto se les persigue por sí mismos y no como medios para otros fines. Al contrario, si se les busca como medios, nunca excederán de cierta medida, y, lejos de perjudicar, contribuirán mucho a lograr el fin que uno se propone, como mostraremos a su tiempo".


Durante este despertar Spinoza va percibiendo también una ilusión en la dualidad, expresando lo siguiente:


"es preciso advertir que bien y mal se expresan en forma puramente relativa, y que una sola y misma cosa puede ser llamada buena y mala según como se la considere; lo mismo ocurre con lo perfecto y lo imperfecto. Ninguna cosa, en efecto, considerada en su propia naturaleza, podrá llamarse perfecta o imperfecta, sobre todo cuando sabemos que cuanto sucede se cumple según el orden eterno y las leyes determinadas de la naturaleza".


Tras retirar este velo ilusorio concluye que existe un orden absoluto que escapa de nuestra lógica y percepción común, y que si este puede ser intuido por el hombre, debiera por tanto de ser alcanzable:


"Pero como la flaqueza humana no puede abrazar este orden con el pensamiento, concibe por eso una naturaleza humana muy superior en fuerza a la suya, y como no ve que nada le impida adquirir una semejante, está impulsada a buscar los medios que la conduzcan a esa perfección."


A su alrededor aquello que Baruch identifica como perfecto es la propia naturaleza, volviéndose su objetivo entender el vínculo existente entre su propia mente y la manifestación que le rodea. En la medida en que se amplíe esta relación entre sujeto pensante y objeto percibido el autor espera aproximarse gradualmente a lo absoluto:


"¿Cuál es, pues, esa naturaleza superior? La expondremos en su lugar correspondiente y mostraremos que es el conocimiento de la unión que tiene la mente con la naturaleza entera. Tal es, pues, el fin a que tiendo: adquirir esa naturaleza superior y hacer cuanto pueda para que muchos la adquieran conmigo;"


En la búsqueda de esta comunión Spinoza llega casi de manera intuitiva a una segunda revelación directa y es que ese bienestar no es algo que se debe de perseguir de manera aislada, sino que se tiene que compartir. Este estado de plenitud al ser experimentado por los demás se convierte también en la propia felicidad:


"pues también pertenece a mi felicidad esforzarme para que otros conozcan claramente lo que es claro para mí, de manera que su entendimiento y sus deseos concuerden plenamente con mi propio entendimiento y con mi propio deseo."


Es a partir de esto que el autor experimenta la necesidad no sólo de encontrar el sendero sino de constituir una sociedad donde mediante el trabajo conjunto se reduzca en lo mayor posible el número de errores y desvíos durante este peregrinaje:


"Para llegar a este fin es necesario tener de la Naturaleza una comprensión que baste para adquirir esa naturaleza, y además constituir una sociedad tal como se requiere para que el mayor número posible llegue a ese fin tan fácil y seguramente como se pueda".


En los capítulos siguientes de su Reforma del Entendimiento Baruch presenta a modo de guía una serie de postulados y axiomas que ayudarían al lector en esta búsqueda del conocimiento de lo verdadero.


Diversos autores posteriores coinciden en que esta fue una obra de algún modo truncada, pues en su afán de establecer un camino racional para alcanzar el entendimiento de las cosas el autor llegó a un callejón sin salida, donde sus axiomas y razonamientos mentales se habían vuelto insuficientes para alcanzar esa verdad absoluta pretendida. Aún así, las herramientas compartidas por Spinoza son sumamente valiosas para iniciar este peregrinaje, sin embargo, puede que sea responsabilidad tanto de ésta como de las posteriores generaciones encontrar los siguientes peldaños hasta ahora ocultos para avanzar de manera más segura por esta brumosa ruta del conocimiento de nosotros mismos y del universo, éste todo divino del cual somos un reflejo.

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