La Evolución de la Vida y de la Forma 2

por C. Jinarajadasa




Prefacio de la Sociedad Teosófica en México, 2018

El presente contenido es una re-edición del artículo "La Evolución de la Vida y de la Forma 2" , publicado por primera vez en la revista "El México Teosófico", Año I, Num. 3 con fecha del 10 de Junio de 1920.


Cuando el científico de nuestros días examina la naturaleza, encuentra en ella dos elementos inseparables: materia y fuerza; y a un tercero al que nosotros conocemos como vida, lo considera como mutua acción entre ambos. Ve en la materia posibilidades de vida y conciencia; y a ninguna de estas dos concede capacidad para una existencia independiente de aquella. En esencia no es erróneo este concepto, pero, según la Teosofía, necesita una modificación que pudiera ser como sigue.


Así como no existe materia sin fuerza ni fuerza que no afecte a la materia, y sin embargo ninguna de ellas es producto de la otra, así también hay una relación semejante entre vida y materia. Son inseparables, pero no la una producto de la otra.


Hay en el universo tipos de materia más finos que los reconocidos por nuestros sentidos o ponderados por los instrumentos más delicados, así como muchas formas de energía, de las que el hombre sólo ha descubierto aún algunas; y una de ellas, que actúa en conjunción con ciertos tipos de materia ultrafísica, se llama Vida. Esta vida se desarrolla; es decir, se va haciendo lentamente cada vez más compleja en su manifestación.


La complejidad de las actividades vitales se efectúa por la construcción de organismos en la materia que percibimos por nuestros sentidos. (Existen otros modos de actividades vitales, pero, por el momento, limitaremos nuestra atención a las que pueden percibir nuestros sentidos.) Es la vida la que mantiene por cierto período de tiempo los elementos químicos como organismo viviente; y en esta actuación gana en complejidad por las experiencias que recibe a través de sus receptáculos. Lo que nosotros tomamos por muerte del organismo es la retirada de la vida para permanecer por algún tiempo disociada de las formas inferiores de la materia, aunque unida todavía a las ultrafísicas. A la muerte, al retirarse del organismo, la vida retiene las experiencias adquiridas por medio de él, como nuevos hábitos, para transmutarlos en capacidades para la construcción de formas, que se utilizarán en sus próximos esfuerzos para construir un nuevo organismo.


En la fig. 7 podemos hacer una idea clara del concepto teosófico de la Evolución de la Vida.


Al no mirar más que a las estructuras, sólo tomamos en cuenta un lado de la evolución, porque detrás de cada forma hay una vida. Al morir la planta no muere la vida que la hace vivir y la impele a reaccionar sobre lo que la rodea. Sabemos que cuando una rosa se marchita y muere y desaparece en polvo, nada se destruye de su materia; todas sus partículas siguen existiendo, porque la materia no puede aniquilarse; y lo mismo sucede a la vida que de los elementos químicos hizo una rosa. Se retira por algún tiempo para reaparecer construyendo otra rosa. La experiencia adquirida del sol y de la tempestad, de la lucha por la existencia, en la primera rosa, se utilizará lentamente en la confección de otra, que estará mejor capacitada para vivir y propagar su especie.


Así como un organismo individual es una unidad dentro de un grupo, la vida contenida en él forma también parte de un alma-grupo. Tras los organismos del reino vegetal está el alma-grupo vegetal, depósito indestructible de las fuerzas vitales que van adquiriendo complejidad por la construcción de formas vegetales. Cada unidad de vida de esta alma-grupo, al venir a la tierra en un organismo, trae la suma total de experiencias de los organismos anteriores construidos por el alma-grupo; y, al volver a él cuando muere, aporta lo ganado en facultad de reaccionar en nuevos modos sobre el ambiente.


Otro tanto ocurre en el reino animal; cada especie, género y familia tiene su compartimiento en el alma-grupo animal colectivo. También al hombre alcanza este principio; sólo que éste ha traspasado ya la etapa de pertenecer a un alma-grupo.


Cada hombre es una vida individual, y aunque está ligado de un modo misterioso a todos sus semejantes en Fraternidad de Hombre, sigue su propio camino modelando su porvenir. Retiene todas las experiencias que ha ganado vida tras vida y no las comparte con los demás a no ser por propia voluntad.


No existe en la naturaleza nada que signifique muerte en el sentido de reducción a la nada. La vida se retira temporalmente a su envoltura ultrafisica conservando las experiencias adquiridas como nuevos modos de construir formas. Aunque viene y va forma tras forma, sus sucesivas vidas no son otra cosa que entradas y salidas de la misma vida en el drama evolutivo. Ni fracción de experiencia se pierde ni partícula de materia se destruye.


Además, como se ha dicho ya, la vida se desenvuelve, y se desenvuelve a través de las formas. La mira de una parte cualquiera del alma-grupo es manifestarse por tales formas que dominen a las demás por mayor adaptabilidad al medio ambiente, y que al mismo tiempo sean capaces de responder más delicadamente a los impulsos internos de la vida misma.


Cada parte de un alma-grupo, cada tipo de vida, cada grupo, clase y orden, tiene este mismo designio; y de aquí la feroz lucha de la naturaleza. Tiene “rojos los dientes y las garras con presa ” ; pero la lucha por la existencia no es ruinosa como parece. Las formas no se destruyen más que para transformarse en otras formas. La vida viene y va, pero paso a paso se va acercando a la forma que busca. No hay pérdida de vida; el derroche sólo es aparente; y la lucha es el medio de elegir las mejores formas en un campo que se halla en continua transformación.



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