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155 Spencer, a pesar de que lo mismo que Schopenhauer y que von Hartmann, únicamente reflejó un aspecto de los antiguos filósofos esotéricos, y, por lo tanto, conduce a sus lectores a la lúgubre orilla de la desesperación agnóstica, reverentemente formula así el gran misterio: “lo que permanece inmutable en cantidad, aunque siempre cambiando de formas bajo estas apariencias sensibles que el Universo nos presenta, es un poder desconocido e incognoscible, al que nos vemos obligados a reconocer como ilimitado en el Espacio, y sin principio ni fin en el Tiempo”. Sólo la Teología pretenciosa se atreve a medir el Infinito y a descorrer el velo que cubre a lo Insondable e Incognoscible; jamás lo hace la Ciencia ni la Filosofía.

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