DS-PR-6-N1

126 Casi no es necesario recordar al lector que tanto las expresiones Pensamiento Divino como Mente Universal no deben considerarse determinando ni aun vagamente un proceso intelectual parecido al que se manifiesta en el hombre. Lo “Inconsciente”, según von Hartmann, llego al vasto plan de la creación, o más bien, al Plan de la Evolución, “por medio de una sabiduría clarividente superior a toda conciencia”, la cual, en el lenguaje vedantino, significa Sabiduría absoluta. únicamente los que conocen lo mucho que la intuición se distancía por encima de sobre los lentos procedimientos del raciocinio, podrán formarse el más débil concepto de aquella absoluta Sabiduría, que trasciende las ideas de Tiempo y Espacio. La Mente, tal cual la conocemos, se resuelve en una serie de estados de conciencia, cuya duración, intensidad, complejidad y demás cualidades son variables, fundados todos en la sensación, en último término, la cual a su vez es Maya. La sensación, además, implica necesariamente limitación. El Dios personal del Deísmo ortodoxo, percibe, piensa y es afectado por la emoción; se arrepiente y experimenta “fiera cólera”. Pero la noción de semejantes estados mentales lleva claramente consigo el inconcebible postulado de la exterioridad de los estímulos excitantes, por no decir nada de la imposibilidad de atribuir la inmutabilidad a un ser cuyas emociones fluctúan con los sucesos que tienen lugar en los mundos que preside. El concepto de un Dios Personal como inmutable e infinito, es, por lo tanto, antipsicológico, y lo que es peor, antifilosófico.

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